8.11.13

Marlene.

El cigarrillo que reposaba apagado encima del cristal indicaba que eran más de las cinco de la mañana y que probablemente Marlene ya se habría sacudido el invierno de encima para dar paso al ecuador de su cama.

En efecto, el rostro cansado de la chica reposaba sobre su almohada al tiempo que sus cabellos huían de esta, deslizándose de nuevo hacia el calor de su espalda. Mientras tanto, esperaba paciente a su cita de todas las noches. 
Esta vez su acompañante se estaba retrasando; ¿por qué? Nadie lo sabe. Nadie sabe qué podría llevarle al somnio, o capacidad de crear universos infinitos a partir de palabras que se escapan de bocas ajenas, a posponer tanto una ocasión de suma importancia. 

¿Y si estaba engañándola con la vecina del quinto, dibujándole las raíces de una idea en cada hueco de su mente, mientras que la suya se encontraba tan vacía que hasta podía generar eco? ¿Y si en el camino de ida hacia la cura de su insomnio se había perdido entre los pensamientos de una chica ocho veces suicida? De nada podía estar segura Marlene salvo de que las ojeras que la caracterizaban se volvían a cada segundo más profundas y también era culpa de otra de sus putadas preferidas: querida inspiración. 

Había perdido la cuenta de las veces que ni siquiera el champán, ni la amenaza de romper su relación, habían logrado que volviera con una disculpa en los labios y un par de efímeras ideas.

Mientras tanto, las hojas dobladas sin orden -aparente-, comenzaban a amontonarse en el escritorio de la joven.

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