19.12.13

Abril.

Pongamos que son las nueve de la mañana
del ocho de enero
y que estamos bajo los cristales empañados de un recuerdo
para hablar de Abril.

Abril era como una habitación sin amueblar inundada de sueños
en los que ni siquiera sabía mantenerse a flote,
y cuyas expectativas y esperanzas
sobrepasaban el límite de su medidor emocional.

El tiempo la alcanzaba
cada vez que intentaba huir de sí misma
y no había hueco más oscuro
que el de detrás de su oído izquierdo, lleno de miedos.

Abril era confusa como un día nublado
y sus cambios de estación se conjugaban
con el ciclo lunar de Dione
-porque ya sabes,
le encantaban los satélites de Saturno-.

Pongamos, pues, que los cristales
se encuentran mojados ahora
y que en las gotas que se balancean sobre mis pestañas
jugando a ser equilibristas,
encuentras la pieza de puzzle que encaja
con el quinto lunar de mis costillas:
Abril reaparece tangible
bajo el afilado pómulo de mi existencia.


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