15.12.13

Anónima.

Su sonrisa duraba los diez microsegundos
que tardaba en batirse en duelo contra las lágrimas,
y estas últimas, siempre vencedoras
reclamaban la posesión de todas sus expresiones faciales.

Digamos, pues
que el anonimato de su nombre
se encontraba en su tercer lunar 
-todo recto- hacia el amanecer,
que el azul de sus pensamientos se deslizaba
entre las rosas de su espalda,
y que el café de las seis de la mañana
no era más que una excusa para ahondar sus ojeras.

Y por decir, digamos
que sus labios no conocían más que el rojo que los atrapaba
e incandescentes,
gritaban a sus siete mares
las palabras que, para ellos mismos
eran absurdamente impronunciables. 


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