22.12.13

Ella.

A Ella solo podías conocerla
si leías su columna vertebral en braille
y le ofrecías café después de tener sexo;
de cualquier otro modo todas sus lunas interiores
giraban ciento ochenta grados hasta quedar ocultas.

A Ella solo podías conocerla
si tratabas de enredarte entre sus cuerdas,
esas que hacían que mantuviese su locura.

Puedo decir sin temor a equivocarme un microsegundo
que las cerezas hacían que perdiese el norte
y que doce cuadrantes más al este
se hallaba esa sonrisa que nadie se atrevía a buscar
por eso de que los dragones de su tristeza la custodiaban.

Nunca fue paciente
o impaciente: el tiempo para Ella no existía,
y si tenía que hacerlo en algún paréntesis
tan solo aparecía hipotéticamente en los relojes.

Aquella noche de octubre todos se limitaban a mirarla con tristeza
como si fuese evaporarse al alba
porque había perdido su nombre en el fondo de una botella.

2 comentarios:

  1. Ay que joderse, de cuántas formas podemos perder el nombre y luego buscarlo en vano.

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  2. Pero peor todavía cuando nos perdemos a nosotros mismos.

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