31.1.14

Carmen

Surrealismo, o búsqueda de lo invisible ante los ojos de los ciegos de mente.


Ya no es ella. Las palabras que pugnan por escapar de su boca no son suyas. Su vida no le pertenece. Solo repara en sí como persona delante del espejo, cuando siente esos ojos nublados por un vaho de añoranza, pesados sobre la ligereza de su día a día sin preocupaciones. Nunca cambian; su mirada nunca cambia, su pasado nunca cambia. Unas veces se refleja en el cristal con el pelo algo más largo, tal vez rizado. Otras lo hace acompañada de alguien desconocido en busca del calor que sus sábanas ya no saben proporcionarle. Los labios se agrietan, la ropa queda obsoleta, las heridas se abren y cierran. Pero los ojos siempre mantienen una expresión de reproche y ya no se siente identificada con ellos, como en aquella estúpida historia en la que a Miedo le preguntaron su nombre el sábado más frío de noviembre y se le habían congelado las palabras en la punta de la lengua. Miedo era una niña muy niña, un metro cincuenta y ocho de pura misantropía que no paraba de repetirse a sí misma “¡soy feliz!”, aunque solo fuese un mantra cínico con el que mantenerse a salvo del pánico.
Había perdido los pendientes.
Y la mente.


Carmen no se llamaba Miedo, pero lo sentía en la columna vertebral como si fuese suyo. 

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