11.2.14

Acrobacias en mi menor.


Le gustaba colgarse del teléfono
y fingir que no se importaba
como las trescientas cuarenta y dos veces que él la había dejado ganar.

Cometía atrocidades consigo misma dignas de asesino en serie
tales como pensarle
-despierta,
en duermevela,
dormida-
y trenzarse esos putos malditos recuerdos
sin fecha de caducidad.

Qué hacer si ya no tenía remedio
y le gustaba más la lluvia que el tequila
y andar descalza sobre los sueños de los demás
porque quizás así conseguía deshacerse de los suyos.

Miradas vacías
llenas de silencios de corchea
y el tic-tac que marca tu co-razón a las cuatro de la tarde
en la media noche de mi polo sur.

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