16.2.14

Ruina.

Aún no sé cómo recomponer los huecos vacíos que ella dejó sin pensar, creyendo que sería una buena idea de suicida hacernos aquello. Porque ella tenía el complejo de suicida más grande del mundo, tan profundo que ni siquiera la vida podía medicarla contra él.

No sabéis lo que es el placer si nunca habéis recorrido su espalda en busca de constelaciones perdidas, y eso que ni siquiera se gustaba. No le gustaban sus ojos, ni la forma en la que sus labios adoptaban una sonrisa inocente después de soñar con avionetas de papel. No le gustaban sus expresiones de chica planetaria de la cual yo era satélite. "Brindemos al vacío y a la nada", solía susurrar. "Sonríe más alto que no alcanzo a tocarte". 

El día número cuatrocientos veintidós, se despertó pensando que quizás aquella no era la hora más adecuada para hacerlo en una cama ajena a la suya, carente de su almohada impregnada de temores de muerta no-muerta, porque si no has muerto alguna vez es que no has sabido vivir.

Y supo ser tan fuerte que nada pudo derrotarla excepto ella misma.

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