27.3.14

Fumadora activa, poeta pasiva.


Exponía sus corazones en vitrinas de cristal
para que a él le fuese más fácil escoger cuál destrozarle
y nunca
nunca
enseñaba los dientes,
pero sí vestía con piel de lobo
cuando era en realidad el estúpido cordero
que se deja sacar los ojos con cuchara de plata.

Tenía doce lunes orbitando alrededor de su cintura 
que cambiaban de estación cada vez que se ponía aquel vestido negro;
bebía café solo de madrugada para no poder dormir
y tener la excusa pretenciosa de que se encontraba terriblemente cansada
para poder faltar a la cita con sus miedos.

No leía poesía, pero la escupía en el desayuno
no tocaba el piano, pero los huecos entre sus costillas eran las teclas más perfectas
no lloraba, pero siempre había tormenta en su polo norte.

Fumaba siete cigarrillos a la semana:
uno para cada vez que se quedaba sin oxígeno,
es decir,
sin él,
o se iba al mar y dejaba que las caracolas enredasen su pelo 
ya que ninguna mano lo hacía.

Se había partido los labios a gritos en aquel kilómetro de junio
y ahora se encontraba haciéndose en maletas
porque se negaba a seguir viviendo en ella.

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