9.6.14

Dos extraños en pieles contiguas.

(Por una vez, me he tomado la libertad de crear dos personajes nuevos, salidos de una noche de mucho pensar y de echar de menos. No están basados en nadie, ni en ninguna experiencia mía. Espero que os gusten.
P.D.: ella es la chica de la foto.)



Aquel viernes no fumó.
No fumó porque se vería con él, y a él no le gustaba el sabor del tabaco. Tampoco le gustaba el tabaco, en general, porque había vivido durante dieciocho años entre cuatro paredes llenas de malos humos. Ella también vivía entre malos humos. Los suyos eran diferentes.

Por eso, aquel viernes no fumó y se metió dos chicles de limón en la boca. A Ella no le gustaban los de fresa, ni los de menta, ni la poesía que se basaba en quejarse de un corazón roto al que podía dársele cuerda nuevamente -porque sí, a todos y cada uno de ellos se les podía dar cuerda, pero a veces el miedo coge la llave y se la traga-, ni los atardeceres sin el mar de fondo, eco de su propio corazón. Le gustaban los de limón, los versos de la "Tabaquería" de Pessoa y sentir el agua buscando huecos entre sus costillas para formar una catarata de decepciones.

A Él le gustaba sumar números de ocho en ocho, de la misma manera en la que sumaba los lunares de la espalda de Ella para formar constelaciones, que siempre llamaba con nombres de quimera. Los días de lluvia y el café frío. Doblar las páginas de los libros allí donde le recordaban a cuánto se había convertido en huracán. Provocarle un orgasmo, para luego saberse triste perdedor al no ser el único del que había gemido el nombre. 

Ella tenía insomnio. Él, libros de psicoanálisis sobre la mesilla de noche. La mente de Él era un mapa. La de Ella, un campo de minas.

Se destrozaban lentamente porque habían renegado de sí mismos con la conciencia de quien sabe que ha perdido. Se creyeron invencibles y acabaron con el puño en la boca, pugnando por ser el arma que acabase con sus ilusiones; saltaron desde lo más alto y se estrellaron de frente contra los ojos del otro, cada cual más caos en su propia realidad. 
Por eso cuando se encontraron sintieron que debían salvarse, como si aquello fuera una competición para ver quién sacaba antes a su reflejo del espejo.

Aquel viernes hacía tanto calor que Ella tuvo que ponerse un vestido y enseñar sus piernas llenas de moratones. Él llevaba una camisa blanca. Le miró las piernas y le dijo que seguían siendo las más bonitas, que era estúpida por no enseñarlas más a menudo. Ella le miró y susurró que era estúpido por no enseñar el corazón más a menudo, a lo que Él respondió: "solo tú tienes el privilegio de destrozármelo."

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