11.6.14

El padre nuestro de una atea.


Padre nuestro, si de verdad estás en los cielos 
baja y ayúdame 
que he quedado muda, sorda y ciega de tanto echarle de menos. 

Hágase tu voluntad en las oraciones que nunca te pedí, que nunca te pido
y en todas las heridas que no se cierran ni con agujas de reloj. 

Dame hoy, mañana y siempre 
las palabras que necesito para no convertirme en el ancla de mí misma, 
atracando en mi puerto 
y robando todos mis barcos de esperanza. 

Perdona mis faltas, 
las explicaciones que nunca debí haber pedido 
y todas las mentiras que, en un estúpido intento de ser la heroína de esta historia, acabé usando contra mí; 
como también perdonas que ni siquiera crea en tu existencia, 
pero aun así siga pidiéndote todos los favores que no puedo pedirme, 
porque mi orgullo dijo basta, cerró la puerta 
y me dio con ella en las narices. 

No me dejes caer 
no me dejes caerme 
no me dejes caer en la tentación de volver a hundirme en sus labios como si mi boca no conociese océano más profundo, 
aunque sabes que seguiré haciéndolo mientras el sol siga saliendo por su este y mi polo norte aun no se haya fundido. 

Líbrame del mal que puedo ocasionarme 
si sigo dejando un trozo de mí en cada persona.

Amén.

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