12.8.14

Mirad, poetas.


Olvidé
reconstruirme
tras el último incendio
y ahora no sé
dónde empiezan
mis cenizas.

No sé colorear sin salirme de las líneas
ni tampoco escribir en un folio en blanco sin torcerme,
así que imagínate cada vez que intento versarte;
porque a besarte sin tener que agarrarme a mis barandillas para no caer
ya me enseñaste hace mucho.

Somos un verbo en plural porque nunca dejamos de conjugarnos a oscuras,
como dos lenguas que buscan refugio entre los huecos de la otra.
Somos dos lenguas que buscan refugio entre los huecos de la otra porque diez dedos no son suficientes para bloquear todas nuestras salidas de emergencia.

Autocrítica.
Eso de lo que yo tanto hago uso y tú ni siquiera te dignas a rozar.
No bebas más café, me digo.
No tengas tanto miedo, va a seguir ahí cuando gires en tu tercera esquina.
Somos dos historias que nunca han sido contadas porque nadie se sentía identificado con ellas,
y que suerte la suya de no encontrarse en nosotros, almas de suicida.

Hay una grieta en todo:
yo, en profundo, soy la tuya
y tú, en superficie, eres la mía.
Sí, llevo mis cicatrices al aire,
pero si giro la moneda
en la otra cara tú eres la luz que pasa por ellas.

"Qué niña", me dices
y sé que esta noche estás cansado
pero no puedo evitar querer seguir atrapada dentro de unos ojos que aun no están rotos.
"Eres todas las mujeres de Poe
y aun así te faltan sombras."

Mirad,
poetas,
me sé arrancar el corazón sin manos.

3 comentarios:

  1. El final está tan a la altura que hasta me da vértigo, a mí.

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  2. Y después de merodear por aquí, te aseguro que también sabes arrancar el de los demás.

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    Respuestas
    1. Mientras no te duela y no necesites que te lo devuelva, pienso cuidártelo bien.

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