28.8.14

Nunca se me dieron bien las segundas oportunidades.


Voy a comprarme un rostro nuevo lleno de segundas oportunidades y las malgastaré todas en deseos contigo. Pondremos la excusa de siempre: que no queríamos, que fue un error, una locura. Preguntarán si nos arrepentimos y ambos contestaremos que sí con los dedos cruzados a la espalda y la siguiente mentira deslizándose por nuestras lenguas, las mismas que recorrerán anatomías hasta encontrarse la una con la otra.

De nada sirve intentar aprender de la caída si estás enamorada de la piedra, y lo mío era un jodido jardín de cantos rodados. Solo sabía ponerme tiritas en las rodillas y rezar por que esta vez no tardase tanto en dar contra el suelo, hasta que un día me las arrancaste todas de golpe y me tiraste al mar. "Si sabes levantarte, también sabrás nadar", gritaste. "No dejes que te hundan." El miedo anidó en todas mis vértebras pero aquel día aprendí que si tratas de bloquear a la piel cada vez que has perdido, duele al cicatrizar. 

"Para mi próxima vida me pido ser estrella en tu espalda", escribo en tus labios, con mis dientes. "Para mi próxima vida, te pido que no te separes de ella", respondes. Y soy satélite, pero me haces tan planeta que me faltan los gracias en todas las noches que te arrastré hacia lo más profundo de mí.

Por eso nunca fui de las que compran los sentimientos baratos. De las que hablan de amor y juegan a marearlo sin habérsele clavado en las arterias, o bailan con el hombre lobo que no les regala ni un trozo de su luna.

Yo siempre he sido la que sueña con los ojos abiertos,
porque es demasiado fácil tenerlos cerrados.

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