26.9.14

Que Dios me críe.



Últimamente llueve mucho. También por fuera. 

Me han roto y solo he puesto una tirita en la brecha; voy a arrepentirme más tarde de no haberla curado bien por eso de que Dios me críe y yo ya me juntaré con todas las formas de autodestrucción. "Soy la culpable", digo con los labios manchados con la culpa de otro ante un tribunal que juzga por lo que no conoce. 

Pecado sin ti. Pecado capital contigo. Y ante todos, la sentencia es la misma: poesía. Poesía de otros. Tu propia poesía. Encontrarte en palabras en las que nunca te habías buscado. Dejar de descubrirte tras las que siempre te habías refugiado. La soga al cuello. La soga que te viene demasiado grande pero luces con orgullo. La soga del cuelo al cabello y trenzarse. La soga siempre contigo. El cigarrillo a los dedos y los dedos como arma ejecutora. El crimen. El castigo: cinco minutos menos de vida. Cinco minutos menos de poesía y soga al cuello. Cinco minutos menos de reordenarte las letras para que sepas como mis palabras preferidas. 

Tú no tienes palabras preferidas. No tienes que reordenarme. Dices que te gusta mi verano-otoño permanente, que el frío no me cale y la primavera no le produzca alergias a mis miedos. Confundir el tacto de mi piel con sal o las hojas que nunca dejé caer porque temía desnudarme tan pronto. No ser perenne. Ser el árbol caduco que solo se admira con flores pero al que nadie mira las ramas en un intento de buscar algo más.

Pero, recuerdo, dices que te gusta. Tú no mientes. Tú nunca mientes. 
Tú, presente de indicativo.
Tú, valor añadido a todas mis oraciones.
Yo, valor añadido de ti.

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