26.10.14

Sobre deidades y botellas vacías.



(escuchar a partir del minuto 2:12)


Flores rojas, muertas.

Fui Medusa y me petrificaste. Nos teñimos de amanecer y jugamos a escondernos en las cornisas del otro. Nunca supe amar, pero tú me enseñaste a color los labios de la forma en la que se enseña a una bailarina a hacer un plié. Decías que me encontrabas en la primera nota de cada partitura. De cada canción de noche borracha. En la primera nota de miedo de cada pesadilla. En el primer sorbo de cada copa de vino.

Ensuciaste todo en forma de mordisco. Y bendito caos. Perdí la calma y nunca más quise volver a encontrarla. Fui Helios y me robaste el sol: Andrómeda, y si hubieses sido el monstruo, no habría querido que ningún Perseo me salvase. Fui reina de ruinas, de reyes destronados por ellos mismos, a ciegas del mundo, sin almas.

Yo sucedía en carrusel y a ti te gustaba observar las luces. Te gustaba observar desde fuera para luego saber cómo derruir el interior. Cierta vez susurraste "Déjame entrar en tu habitación" y, al conducirte hacia mi casa, volviste a susurrar "No era eso a lo que me refería". Aun así, no sé por qué lo pediste. No te hicieron falta llaves para entrar donde yo me escondía. No te hicieron falta llaves para nada. Ni siquiera llamar a la puerta.

Siempre he sido un libro abierto para ti, ¿no es así? Un libro abierto por la página que querías. Porque nunca supe contenerme. Nunca supe encerrarme entre todas las paredes que hicieron falta. 

Nunca supe. Y no sé.

Y seguiré sin saber mientras permanezcas a mi lado.

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