28.5.15

Nunca supe andar sola.


Suena una canción que ninguno de los dos conocemos, pero bailas. Me dices que tienes tequila y yo te respondo que nos hace falta sal y limón. Susurras en mi oído como quien confiesa un crimen: "se te da bien abrir heridas, puedes serlos tú". 

La primera noche, mi portal que echa de menos tu espalda apoyada contra él si no estás. No saber quién va a introducir primero su veneno en boca del otro. La piel de gallina, el corazón en la garganta, el corazón que huye, el corazón en tu mano. Las cinco de la mañana, tus solo "una canción más y nos bajamos del coche", "pero después del polvo"; y no tenemos coche, ni polvo, ni puedo estar dando con mis huesos en las esquinas de cualquier calle a esa hora. Pero dices que soñar es barato, que trenzar tu propia soga, subirte y darle una patada a la silla es barato, así que sueño. "No te va a doler", y preparas una caja de tiritas y un cinturón de balas. "No me va a doler", porque lo único que haces es marcar como territorio cada centímetro, esquina y hueco de mí. Más tarde, el dolor en el estómago. Los nudos en el pelo, los nudos en los zapatos, los nudos en la garganta. No saber cómo insultar a la luna cuando no te tengo al otro lado de la cama. No saber cómo insultarme a mí misma por no haber dejado vacío el otro lado de la cama.

Seguiría pidiéndole a cualquiera que me deje hablarle de ti porque me gusta abrirme en canal y quedarme sangrando. Porque siempre vuelves. Porque cuando lo haces, traes contigo cáncer de pulmón industrial y los dos últimos chupitos de esperanza que nos quedan. Porque soy la estructura de una casa a la que solo le hace falta un soplo de ti, mi lobo, para caer derrumbada.

Por favor,
acompáñame a casa.

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