24.4.16

Crisálida




Una noche te fuiste

y me dejaste tan vacía como una crisálida
intentando rellenar el hueco de tu ausencia.

Recé salmos vacíos sin creer en un dios que permitiese tu marcha,
me conté infinitamente un cuento tan mezquinamente
desgraciadamente corto
que a mis pestañas ni siquiera les dio tiempo a enredarse,
y la oscuridad que había dejado el hueco de tu cama siguió penetrando en mi pupila.

Pensé que si el nudo de mi estómago seguía abultando debajo de mi pecho izquierdo
me permitiría ahogar toda la tristeza que un día no arrojé a una copa de ginebra
(tú no bebías ginebra)
porque sabía que acabaría con ella de nuevo deslizándose
vientre abajo
camino a mi sangre,
y no hay peor resaca que morirse de pena.

Entonces volviste
y tu aliento paró todos los relojes de la casa
y paró el reloj que lleva latiendo desde que nací
y paró mi aliento.

Tus pestañas se enredaron con las mías
y lo único que penetró mi pupila
fue el hielo de tus ojos verdes.

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