4.4.16

Rojo fuego



Tenía el fuego en el pelo
en la mirada
atrapado en las pestañas
en los labios
en la punta de la lengua
después de haber arrasado las cuerdas vocales.

Escupía el fuego en sus versos
a los que cubrió de espinas y llamó poesía
sin saber
sabiendo
que nadie podría acercarse a ellos y hacer el dolor suyo.

Se sentó en su trono
vencedora de una guerra en la que solo ella había luchado
peleando con dientes
garras
y sueños
contra un enemigo imaginario.

La traicionó el espejo.
Se rompió en mil pedazos y se los tragó todos
convencida de que así sería la más bella
la más hermosa
flamante
renacida como un ave fénix.

Dejó que le arañaran el esófago y el estómago
y que todas sus ambiciones y vanidades se alimentaran de aquella sangre que brotaba
y solo entonces comprendió
rota
desollada
que todo aquel fuego no era más que un vano intento de brillar
antes de convertirse en las cenizas
inocuas
vacías
que siempre había tenido la certeza de ser.
       
                

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