27.8.16

Artemisa


Su piel es color caramelo, cálida y aterciopelada. Casi pueden sentirse los rayos de Sol que la han besado. Su pelo, largo y lustroso, se derrama cual cascada azabache enroscándose en una espalda tersa y fina, cuyo tacto se asemeja al de una duna de arena en las últimas horas del atardecer. El rostro está rasgado por dos grandes ojos de gata persa, una aristocrática y afilada nariz y prominentes pómulos; finalizado el conjunto con unos labios que, si bien no son anodinos, tampoco sobresalen por nada en especial.

Más abajo, unas delicadas manos de uñas siempre impecables sostienen el ya acostumbrado cigarrillo, cuyo pesado humo industrial empaña el aroma suave que emana de ella. Su cuerpo, erigido como un templo de armónicas proporciones, está apoyado por los codos sobre el alféizar de una ventana, que se abre hacia una húmeda noche de verano. El silencio, a excepción de algún grillo solitario, cae sobre su consciencia como una tela mojada, aislándola de cualquier suceso que no sean aquellos que ocurren dentro de su mente.

Hace mucho tiempo que ya no cree en nada y, sin embargo, empieza a ser considerable el número de noches en las que, asfixiada por la bruma de su pensamiento, alza la mirada hacia el azul profundo en busca de respuestas. Y empieza a ser considerable el número de noches en las que el cielo le devuelve la mirada opaca, la respuesta muda.

Apaga entonces la colilla en los negros barrotes de la ventana, para evitar dejar marcas, y vuelve a hundirse en la liviandad de sus sábanas. Solo cuando las pestañas empiezan a enredarse enraizando los primeros vestigios del sueño, se promete y se repite cual mantra sagrado que nada importa. A la mañana siguiente, las primeras luces bañarán su sereno rostro, y todo lo acontecido la noche anterior se habrá esfumado.

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