3.9.16

DÍA 1: EL RECUERDO DE UNA FELICIDAD MEJOR


foto: Tina Sosna

El verano siempre me trae recuerdos de cuando era aun lo suficientemente pequeña como para la ingenuidad, y me iba de vacaciones a la playa. 

La hora y tanto en el coche que se me hacía irremediablemente eterna, entre sueños e infantiles "¿cuánto falta?"; reunirnos toda la familia en el piso y repartirnos las habitaciones a las que mi madre se había encargado de poner nombre anteriormente, llevarme horas mirando las estanterías llenas de juguetes antiguos, hasta que conseguía que me dejasen los barriguitas; llenarme de agua cambiando de color el pelo de unos muñecos de los que, en aquellos años, solo quedaba ya una serie de televisión. 

Las pinzas en forma de mariposa que mi tía colgaba en las cortinas, de las que más de una vez nos asustábamos creyendo que lo eran de verdad; los helados de piñón y nata de mi abuela, el olor a café y todos juntos desayunando, el mosaico que había camino a la playa que a mí me recordaba a las pizzas de jamón y queso (siempre quise coger una tesela y metérmela en la boca), los moldes para hacer formas de animales en la arena, cuando me convertía en chef y hacía mis "sopas" prodigio de agua y arena, mi padre diciéndome que iba a quitar el tapón de la playa para que no pudiese bañarme, la habitación de mi abuela y sus muebles blancos, tentación para todos los nietos y sufrimiento por su parte, por si manchábamos algo; el día en que mi tía me regaló una muñeca con el pelo azul de la que no me separé el resto del verano.

Mi abuelo bebiendo vino cuando aun podía, el sofá amarillo donde había peleas por echarse la siesta, el adobo y las cenas en la freiduría, el tiovivo que me daba miedo porque tenía una figura enorme de Espinete, y a su lado un lagarto negro con sangre en el pulgar; las campanadas desde mi ventana, el día en que mi primo saltó encima de mí en la piscina e inmediatamente sentí a mi padre sacándome del agua, la espuma de la playa, que a mí me recordaba a la espuma de la cerveza; que todos me dijeran que había salido a mi abuelo porque era la niña más morena de la familia, los mayores jugando a las cartas y al dominó en la terraza, mi madre bañando a mi hermana en un cubito porque solo había placa de ducha; la felicidad, en fin, en su forma más dulce e inocente.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces.

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