23.10.16

La cura


Para A.

Te escribo en este estado de niña febril, enferma
y sólo me atrevo a confesarme con las mejillas calientes
y los delirios sobre la almohada.

Tengo miedo del roce de nuestros poros
porque en otro momento, otra persona
se encargó de coserme, a base de llantos
unas alas de polilla sin polvo,
convirtiéndome en la criatura vulgar que ni siquiera puede volar.

Tengo miedo de contagiarte mi miedo
de que descubras mis lamentos y te lamentes por ellos,
de sólo ser capaz de mostrarte las cicatrices de los aguijones que me ha ido clavando
mientras su boca se llenaba de oro y se coronaba el rey de la bondad;
¿y yo?
una esclava en las mazmorras de su mente
sempiternamente atada.

No te buscaba,
pero me acogiste como el niño que encuentra a la cría que se ha caído del nido,
con la bondad de los que conocen esa incapacidad del olvido,
esa memoria selectiva que tortura.

Calmaste la tormenta de mi vientre,
desmadejaste cada incertidumbre,
ignoraste que yo era el ácido que corroía cada hueso que no respetaba mis murallas.

Y ahora, gesto con el cuidado y la inexperiencia de una madre primeriza
esto que no sé llamar, y que crece en mi caja torácica
y que me asfixia como si toda la ria de mundo quisiera llenar estos valles 
y estos pliegues
de os que estoy hecha.

No todos creen en Dios, alma mía
pero seguro que Dios cree en nosotros.

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